sábado, 5 de abril de 2014

El fútbol de los buenos traidores

                                                                                                                          Por: Ulises Aramís


“La afición mexicana depende cada vez más de su capacidad de autoengaño.”

Juan Villoro



Si existe algo que la mayoría de los latinoamericanos disfrutamos es el fútbol. Acumulación de exageradas emociones emerge de aquellos que gozamos ver estrategia, fuerza, creatividad, sufrimiento, esperanza, etc. La ilusión de ver “la de gajos” en las deseadas redes, es fundamental para que éstas hiervan. En torneo y en liguilla, se ve al equipo de los amores jugar, no importando si el tanto fue de argentino, colombiano o uruguayo. Son adorados, son héroesÉstos pueden llegar a ser detestados, y no por un bajo rendimiento, sino por una traición patriótica.¿Exagerado?


A nivel selección, los naturalizados son una constate polémica para directivas, pero sobre todo para los D. T. (el aficionado) de los beviernes por la noche¿Debemos aceptar que llegue un extranjero, que fue ignorado en su país, por ser opacado ante los abundantes “compatriotas” que militan en la élite futbolera (Europa)? Son constantes las afirmaciones de que no debemos sobrevalorar el deporte, que si al negarse un futbolista a una convocatoria no hay que tacharlo de traidor, y mucho menos prender un vela para que venga, pues no pasa de ser una simple convocatoria. La realidad es que para la gran mayoría es importante un partido de selección, y no por ello nuestro patriotismo queda allí. Los que se han naturalizado, y que juran ser mexicanos tanto como los demás, podrían estar ante una red de mentiras y que el oriundo esté en un autoengaño. Primero: el naturalizado se miente al creer que su nuevo país es todo; no puede desligarse tan facilmente de momentos cálidos que pasó con familiares y amigos; educación familiar y escolar de lo que es o fue su país. Los clubes mexicanos pagan mejor que los sudamericanos y ello puede ser un estímulo para buscar un mejor estado económico después utilizar un puente (la selección) e ir a la élite futbolera. Para Octavio Paz“… el héroe se vuelve problema. En varias comedias se plantea la cuestión de la mentira: ¿hasta qué punto el mentiroso de veras miente, de veras se propone engañar?; ¿no es él la primera víctima de sus engaños y no es a sí mismo a quien engaña? El mentiroso se miente a  mismo: tiene miedo de sí.” No me imagino yo, en Argentina, pretendiendo amarla, negar a mi tierra, y olvidarme de mi chile mexicano.


El naturalizado teje su mentira al sentirse mexicano y portar la camiseta. Pero lo más doloroso es que el aficionado azteca intente forjar un autoengaño, que crea que el naturalizado es un digno representante del país, cuando podría ser una simple transición para mejorar su vida, o simplemente por desistir ante la competencia que se encuentra en tierras rechazadas, y obtener una por las carencias de otra. Porque ¿cómo pueden competir “Chaco”,Vuoso, Lobos contra Messi, Agüero, Higuaín, Tévez, Di María, Pereyra, Mascherano y la inmensa lista de argentinos que juegan en Europa? ¿Exagerado? Quizás sí, pero prefiero ver a mi selección derrotada y auténtica que ganadora y engañada.

jueves, 3 de abril de 2014

Al mexicano “le vale madre la política”


Por Hugo Torres


Esta frase fue dicha por Gustavo Madero, presidente nacional del PAN, el 18 de diciembre de 2013 con motivo de la aprobación a la Reforma Energética promovida por el Ejecutivo federal y apoyada por las dos principales fuerzas políticas del país.

Con motivo de mi incursión en este nuevo blog de opinión, retomo la frase dicha por el panista, pero para cuestionar si tendrá razón o fue sólo una defensa soez por el voto a favor que su partido emitió, con el que la iniciativa privada tiene oportunidad de invertir en los hidrocarburos mexicanos.

¿Verdaderamente a los mexicanos nos vale madre la política?

Tras la declaración de Madero salieron innumerables voces alegando que era un absurdo y una ofensa a la población tal afirmación. Me parece que en realidad es una cuestión de forma y no de fondo. Claro que a los mexicanos nos vale madre la política, o al menos a la mayoría de la población; la forma del discurso fue lo cuestionable.

Uno no puede pararse frente al pueblo enajenado y mentarle la madre, porque ella, la madre, es toda una institución. Los políticos podrán robarnos, humillarnos, engañarnos, burlarnos, pero mentarnos la madre no, eso sí que no.

Es una cuestión de forma y no de fondo, repito. Por supuesto que los políticos saben que el pueblo lo que quiere es pan y circo, pero saben también que para ganar votos hay que saber mentir. Ni Gustavo Madero ni ningún otro político puede decirnos que nos vale madre la política aunque sea verdad.

En estos momentos recuerdo otro ejemplo similar. En 2011 el escritor colombiano Fernando Vallejo se hizo merecedor del premio FIL de Guadalajara. En su discurso de agradecimiento dijo entre otras cosas muchas verdades que el pueblo sabe. Que los políticos priistas son rateros, corruptos y asesinos. Durante el evento, algunos alcaldes  envueltos en la bandera del PRI salieron del evento indignados por las aseveraciones del letrado. ¡Mentira!, ¡blasfemia!, ¡difamación! Alegaban los inmolados políticos.

Cuestión de forma y no de fondo. Claro que todos sabemos que son eso y más, pero no podemos acusarlos, como Madero no puede acusarnos de desinterés político.

Espero que a los mexicanos ya no nos valga madre la política y pongamos atención a quién damos el voto, no lo vendamos por 500 pesos de tarjeta Monex. Dejemos de interesarnos en la forma y fijemos los ojos en el fondo. El fondo es que tenemos políticos sin vergüenza que están al acecho de nuestro dinero.


Apreciable lector me encantaría leer sus opiniones al respecto y así enriquecer el quehacer editorial que mis compañeros y un servidor nos hemos propuesto iniciar.

miércoles, 2 de abril de 2014

Por qué ver los clásicos

                                                                                                                              Por: Óscar Franco

El escritor Ítalo Calvino se pregunta por qué leer los clásicos. Para él, los libros clásicos son aquellos que se releen, que constituyen una riqueza tanto para los que los han leído como para los que se reservan su lectura para un mejor momento. Los clásicos son libros que aún no terminan de decir lo que tienen que decir y de los que cada lectura es en realidad un autodescubrimiento. Son libros que se guardan en nuestra memoria e imaginación, que acumulan discursos críticos para luego sacudírselos. Libros que por más que uno cree conocerlos de oídas, más ricos nos parecen cuando al fin los leemos. 

Sin embargo, el término "clásico" no es exclusivo de la literatura: hay música, danza, pintura, teatro y, por supuesto, películas clásicas. ¿Pero qué es lo que vuelve clásico a un clásico y, más importante aún, por qué debemos conocerlo?


Imaginemos que lo propuesto por Calvino para la literatura funciona también para el cine. Los clásicos serían, entonces, todas aquellas películas que conocemos sin haberlas visto; escenas, diálogos o personajes que  viven en nuestra memoria, películas que "leemos" de maneras distintas a los 10, los 30 o los 50. Películas de las que se ha hablado mucho y de las que se han hecho miles de interpretaciones; sólo les falta la nuestra. Son cintas que han pasado la prueba del tiempo y siguen vigentes. Películas que impusieron un estilo, que han servido de modelos para los nuevos cineastas y que se han vuelto objetos de culto: referentes obligados.


Para englobar todo eso, pronto y mal, diremos que las películas clásicas son todas aquellas que uno debería ver antes de morir. Aunque claro está, nadie se muere de cine y hasta el momento no se han registrado decesos por falta de "cultura" cinematográfica. Pero son de esas cosas que es mejor tener y no necesitar, que necesitar y no saber de-qué-demonios-me-están-hablando.

Lamentablemente, las películas y libros catalogados como clásicos, corren el riesgo de jamás ser vistos o leídos, porque la etiqueta de clásico a veces se entiende y les impone calificativos como viejo, complicado o aburrido. Pero no se confunda lo viejo con lo clásico: no todas las cintas antiguas son clásicas ni todos los clásicos son antiguos. Cada generación se va haciendo de sus propios clásicos: lo que no es clásico hoy, si lo merece, quizá lo sea mañana.


La semejanza más grande entre literatura y cine clásico, a la luz de lo propuesto por Calvino, es que los dos conllevan una cierta dosis de autodescubrimiento. Habrá frases, escenas o diálogos que removerán algo en nuestra conciencia. No quiere decir que después de verlos no seamos los mismos, pero sí que después de ellos nuestra manera de ver el mundo será otra. 

En suma, los clásicos cinematográficos son obras de arte en peligro de extinción. Su hábitat son los ciclos y festivales de cine, donde se exhiben por módicas cantidades y uno puede, si lo desea, fotografiarse con ellos, con los afiches al menos, y a la entrada hay carteles que piden: Por favor, deje que los niños se acerquen a ellos. Son contagiosos, pero no muerden

lunes, 31 de marzo de 2014

Planking, el arte también paraliza



Por: Ricardo Guerrero
"Hay muchas maravillas en el mundo, pero nada es más admirable que el hombre” Sófocles

De todas las cosas que tenemos en el reguero del mundo dice Sófocles, hay una cosa que es la más admirable. Deseo interpretar del dramaturgo por antonomasia, que al referirse a: “muchas maravillas”, está observando las cosas y entre ellas vio al hombre. Lo hago con la intención de mostrar una expresión artística y de juego que ya tiene algunos años que surgió en norte de Inglaterra, el denominado: Planking, el cual se traduce como “hacerse la tabla”, es decir hacerse un objeto más con el objeto, quedarse por unos minutos como parte de la cosas y por qué no, sentirse cosa ―lejos de los trámites burocráticos―. El Planking, ha sido juzgado por varios como el producto del ocio y la estupidez humana, sin embargo, que cosa no es producto del ocio, no me dirán que para tener un hijo se prescindió del ocio. Ciertamente, el estar desocupado (ocio), alberga las más geniales ideas y los más execrables vicios, la medida la estipula el hombre, el más admirable de las cosas. El Planking, tiene un sitio en las expresiones de cultura no sólo porque sea un hecho de moda o un objeto de diversión para algunos que debe procurar llevar una carga de peligro en cada posición adoptada, es también porque ya entrado el siglo xx, la fotografía es sin duda un síntoma más de lo artístico, la poesía estática del pulso que enfoca el instante convertido en eternidad. Capturar el mejor momento para “hacerse la tabla” no es un suceso fortuito, es una cosa que se admira (ad + mirar = cerca de lo que se puede mirar). Asimismo, el hecho de acomodarse en algún lugar para “hacerse la tabla” es volverse perpendicular al mundo o paralelo a éste, y pensando esto de modo más agudo, el ver el mudo de tal manera, tiene implicaciones serías. Hacer arte o volverse uno con el arte no es tan difícil. No exige mucho, exige de todo, hasta tener su sitio oficial en la web: www.planking.me. Hagamos cosas, pero cosas encarnadas.