Por: Óscar Franco
El escritor Ítalo Calvino se pregunta por qué leer los clásicos. Para él, los libros clásicos son aquellos que se releen, que constituyen una riqueza tanto para los que los han leído como para los que se reservan su lectura para un mejor momento. Los clásicos son libros que aún no terminan de decir lo que tienen que decir y de los que cada lectura es en realidad un autodescubrimiento. Son libros que se guardan en nuestra memoria e imaginación, que acumulan discursos críticos para luego sacudírselos. Libros que por más que uno cree conocerlos de oídas, más ricos nos parecen cuando al fin los leemos.
Sin embargo, el término "clásico" no es exclusivo de la literatura: hay música, danza, pintura, teatro y, por supuesto, películas clásicas. ¿Pero qué es lo que vuelve clásico a un clásico y, más importante aún, por qué debemos conocerlo?
Imaginemos que lo propuesto por Calvino para la literatura funciona también para el cine. Los clásicos serían, entonces, todas aquellas películas que conocemos sin haberlas visto; escenas, diálogos o personajes que viven en nuestra memoria, películas que "leemos" de maneras distintas a los 10, los 30 o los 50. Películas de las que se ha hablado mucho y de las que se han hecho miles de interpretaciones; sólo les falta la nuestra. Son cintas que han pasado la prueba del tiempo y siguen vigentes. Películas que impusieron un estilo, que han servido de modelos para los nuevos cineastas y que se han vuelto objetos de culto: referentes obligados.
Para englobar todo eso, pronto y mal, diremos que las películas clásicas son todas aquellas que uno debería ver antes de morir. Aunque claro está, nadie se muere de cine y hasta el momento no se han registrado decesos por falta de "cultura" cinematográfica. Pero son de esas cosas que es mejor tener y no necesitar, que necesitar y no saber de-qué-demonios-me-están-hablando.
Lamentablemente, las películas y libros catalogados como clásicos, corren el riesgo de jamás ser vistos o leídos, porque la etiqueta de clásico a veces se entiende y les impone calificativos como viejo, complicado o aburrido. Pero no se confunda lo viejo con lo clásico: no todas las cintas antiguas son clásicas ni todos los clásicos son antiguos. Cada generación se va haciendo de sus propios clásicos: lo que no es clásico hoy, si lo merece, quizá lo sea mañana.
La semejanza más grande entre literatura y cine clásico, a la luz de lo propuesto por Calvino, es que los dos conllevan una cierta dosis de autodescubrimiento. Habrá frases, escenas o diálogos que removerán algo en nuestra conciencia. No quiere decir que después de verlos no seamos los mismos, pero sí que después de ellos nuestra manera de ver el mundo será otra.
En suma, los clásicos cinematográficos son obras de arte en peligro de extinción. Su hábitat son los ciclos y festivales de cine, donde se exhiben por módicas cantidades y uno puede, si lo desea, fotografiarse con ellos, con los afiches al menos, y a la entrada hay carteles que piden: Por favor, deje que los niños se acerquen a ellos. Son contagiosos, pero no muerden



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